lunes, 28 de febrero de 2011

De azares y azahares

Juan y Lucía veían las estrellas todos los días, se preguntaban si podían en ellas leer lo que les deparaba el azar con forma de azahar.
Lanzaban ajonjolí por la ventana en espera de la fortuna que les prometía la abuela en su aljuba blanca. Lo que Juan y Lucía no sabían era que los cuentos que les contaba la abuela no eran más que eso: cuentos que el abuelo de ella -un viejo alfayate- le había contado hace muchos años. De él sólo sabían pues todavía jugaban con su antigua adarga; correteaban como si estuvieran en una gran alcazaba, cuidando siempre la zaga con ramitas que metían cuidadosamente en la aljaba a modo de flechas. La abuela los regañaba cuando los sorprendía, aunque bien sabía que su abuelo jamás fue almirante alguno.
Los domingos almorzaban fuera, en el jardín, entre las matas de alhucema, pues decía la abuela que los sabios comían así. Lucía se escabullía mientras Juan discutía con la abuela sobre algún tema baladí. Corría a probarse el alhate que su abuela escondía en el joyero, soñaba con ataviarse para salir de viaje con el muchacho que vivía en la casa de enfrente: un gandul, pero no cualquiera, uno que sabía encantar con la mirada, con esos ojos azules y ese tonto un tanto meloso que se escuchaba en su voz al recitar versos de la mar.

(Claro, mi tarea de arabismos)

martes, 18 de enero de 2011

En las olas del [o]mar abierto

Abierta como el mar, como aquella concha que la niña dejó en la playa. Será que las estrellas juguetean dentro en busca de un reflejo solar. Tengo frío, la piel se me derrite poco a poco e intento caminar. Derecho decía el príncipe de cabellos dorados, el príncipe niño que soñaba soñar. Estoy a tu merced: bien podrías ahogarme o ayudarme a nadar.

jueves, 13 de enero de 2011

No subas, no bajes

-No subas tan alto, te puedes caer, murmuró con su voz de niño travieso, pero seriamente preocupado.
-Las otras también murieron así, por descuidadas, por creer que tenían alas. Yo se los dije, pero vamos, estaba jugando... ellas lo tomaron muy en serio y se arrojaron al vacío.
-Estas mujeres ridículas, dijo ahora con su voz de adulto, pero seriamente divertido.
-Se creen que lo pueden todo, no sé quién les habrá contado semejante mentira y por que la habrían de creer.
-Perdón, no me había dado cuenta, pero... tú sólo eres una niña, así que...
Luego vio la sangre en el suelo, el pequeño cuerpecillo inherte. Estuvo mirando un rato y después soltó una risilla corta:
-Pobrecita, yo creía que ésta me iba a durar.

domingo, 2 de enero de 2011

Luz presente

Para Omar, también.

Ente único la luz que puede verse con los ojos cerrados, el aliento que puede tocarse en silencio. Tu ánima me llama de lejos, tu llama me abraza porque está dentro. Te anhelo casi como si hubieras partido, te amo porque estás aquí aunque estés bajo otro cielo… y aun, hay noche cerrada en tu ausencia.

domingo, 1 de agosto de 2010

Del viento soñoliento

Quiero a tus ojos de noche, a tu piel de día, quiero jugar en tu ombligo con mi sonrisa sombría.
A veces me parece que tu pelo baila una canción continua, pero tus dedos dicen que sólo se trata de una tregua conspicua.
Te extrañaré esta noche como hierba dolorida, para que mañana me parezca que me das la bienvenida.

[Al único, siempre: Omar]

martes, 6 de julio de 2010

Nombres

AGUAMIEL


Yaces glorioso e inmóvil en el cenit,

pareciera que esperas una estrella celeste:

Un espacio vacío.

Luego miras hacia la transparente Luna,

te has ido al viejo solarium,

ahora duermes tranquilo, contento.



PERMANENTE


Eres el viento obscuro,

los recuerdos vivos en mi álbum,

el amor en mi carne cortada,

aquel espejo que nada en la mar.



ACUÁTICA


Sería el bien si no fuera el mal,

ese mal incurable de sonrisa amarga.

Soy la miel que guardaste tú,

el vago reflejo solar,

el olor del agua quemada.


Fragmentos

Para Omar:

I

Enmedio del mar rojo hay estuación.

Tu carne transparente se ha sonrosado de pronto: respiraste.

El lunar negro que vive entre secretos invocó a mi cuerpo extático.

Tus venas pintadas, tu forma perfecta, tu contorno frente a la luz, encarnaron una historia sin tiempo.

La suavidad húmeda de tu piel palpitante me trajo recuerdos del beso infinito que una tarde selvática marqué sobre ti, dejando huellas de aliento.

Subiste, recorriendo ese camino inacabado que conoces y comprendes.

-Te has vuelto blanco, murmuró mi alma.

Tú, espeso y espumoso me regalaste un trozo de silencio.



II

Estuviste quieta durante largo tiempo, alumbrando a mis ojos acuosos y a mi piel congelada por el aire de invierno. Formabas esa eterna espiral de color que entibiaba la noche bajo la que me encontraba.

Ahí, silenciosa, hablaste de todo lo que no comprendo y sin embargo te escuché: un fluido luminiscente invadió mi alma.

Eres aquel río de tiempo en donde ya no flota el espacio, eres aquel día soleado en que la obscuridad fue permanente, esa obscuridad calma y tranquila que cuida de mi cuerpo.

Por un momento pensé tenerte, sentirte, vivirte. Incluso creí que la distancia entre tu cuerpo y el mío se desvanecía como algodón al fuego.

Mis sentidos me engañaban, tú estabas lejos, empero me abrazabas casi como si conocieras todo lo que se esconde dentro.



III

El olor del tiempo derretido, el sonido debajo del pavimento, el sabor de la noche y el viento me recuerdan todos a tu rostro que cabe exacto entre mi piel y mi aliento. Y mentí cuando dije -te quiero, porque a este cuerpo tonto no le basta quererte como lo finito del tiempo. ¿Qué será de nosotros cuando la obscuridad diurna nos desvanezca como a las olas el movimiento? La respuesta se pasea bailando sobre las cenizas prematuras de mi ser metido en un agujero, es la reflexión indefinida de mi mano que martilla los sueños cuando se rompe el efímero momento.

Dentro de ésta burbuja nos rodea un agua tibia cuya música arrulla mis recuerdos, afuera hay sólo sequía y desierto. Es por eso que deseo que el mar nos cuente uno a uno sus secretos: para amanecer con los labios húmedos de vida, de todos los nombres que tiene el universo.

Hace poco que Venus me habló sobre Marte, sobre los ríos plataverdosos que los unen en silencio. Yo no dije nada: callé con el alma y hablé con el cuerpo.